La Actuación ayuda a vencer el miedo

La actuación nos ayuda a vencer el miedo

Todo aquello que nos provoca temor es una proyección de nuestros miedos interiores.

Podemos encontrar dos miedos radicales: uno es el miedo al daño físico, el cual es inherente a la condición humana de la existencia; todos tenemos miedo a perder la vida, pues es una programación propia de la Naturaleza.  El segundo, es el miedo a la desolación al encontrarnos solos, desamparados.  También este aspecto es inherente a la condición humana, aunque arraigado a la condición cultural y evolutiva, pues estamos diseñados y preparados para vivir en sociedad.

Estos miedos condicionan nuestra psique en distintas formas: se instalan en pensamientos, elucubraciones, especulaciones y, fundamentalmente, en las decisiones.  Y así construimos nuestra vida, decidiendo qué hacer y qué no hacer según nuestra consideración de lo que es correcto e incorrecto para que “el afuera” no nos lastime ni nos rechace, por lo que terminamos estando pendientes de la mirada del otro.

El primer miedo es imposible de vencer, y solo nos queda aprender a convivir con él, retirándole el equivocado juicio de valor que lo convierte en indeseable.  El mecanismo del miedo a la pérdida de la vida, es una serie de sensaciones físicas que se manifiestan de tal modo para permitirnos encender una luz de alerta ante una determinada situación.  Si nos encontramos frente a la presencia de un lobo que nos muestra sus colmillos, seguramente nuestros músculos se contraen, se eriza nuestra piel, cambia nuestra respiración y el ritmo cardíaco se modifica; con estas señales advertimos un riesgo, considerando la situación como peligrosa.  En este caso, el susto que sentimos nos protege; es una señal que nos pone alertas y nos ayuda a reaccionar con rapidez.

Un funcionamiento perjudicial de este mecanismo de defensa, es cuando se nos ocurre creer que ciertas situaciones son COMO lobos amenazadores, entonces, entramos en retirada sin asegurarnos de un modo cierto que estamos ante la presencia de un lobo feroz.  Ese sería nuestro error: proyectar un temor de un suceso real a una situación supuesta, imaginando que un perro sediento que muestra sus dientes nos quiere devorar.  Este mecanismo de transferencia del peligro nos condiciona sobremanera a la hora de afrontar nuestras diversas situaciones cotidianas, pues suponemos que algo puede ser peligroso sin habernos asegurado que sí lo es.

¿Cómo convivir con el miedo al daño?  Conociendo nuestras capacidades y recursos, descubriendo nuestro potencial y nuestra fortaleza, aprendiendo a relacionarnos con los distintos elementos de ese “afuera” que nos atemoriza.  Sentimos riesgo cuando nos creemos débiles e inferiores a los demás; por lo tanto, reconocernos, descubrirnos, y aprender, nos convierte en poderosos, y eso nos dará el VALOR de enfrentar el afuera.  Y cuando nos animemos a enfrentar lo desconocido también descubriremos que muchas de las cosas que sentíamos como una amenaza y nos espantaban, en realidad eran perros sedientos que nos estaban pidiendo agua.

El segundo, el miedo a la desolación, también tiene orígenes reales y una proyección imaginaria.  En este caso, juega un aspecto importante el sentimiento del afecto.  Ante la pérdida de un ser querido nuestras entrañas hablarán sintiendo todo el dolor.  Estamos entrelazados afectivamente con las personas, nos relacionamos de tal modo con el otro que nos fortalecemos con su presencia y nos da miedo perderlo, creyendo que es indispensable para nuestra vida.  Por supuesto que son necesarios y hermosos los vínculos amorosos y afectivos, pero lo negativo es terminar creyendo que si el otro no está o que no nos quiere, nosotros no podremos vivir.

Y este miedo al dolor sentimental nos fuerza a estar constantemente buscando aceptación y aprobación.  Así nos programaremos en adoptar actitudes, comportamientos, modos, formas, estilos, ¡y hasta gustos!, con tal de satisfacer la demanda de los demás.  Nos programaremos culturalmente para lograr que el otro nos quiera, simplemente, para que esté con nosotros y nos aleje de nuestro miedo a sentirnos solos.  Desde esta necesidad de sentirnos queridos surge la vergüenza y el miedo a la exposición, porque pensamos que el otro nos puede desaprobar si hacemos lo incorrecto.  Antes de exponernos pretenderemos informarnos como para saber qué tenemos que hacer, tomaremos todos los recaudos posibles para asegurarnos que nuestra acción es correcta antes de realizarla.  Y cuando la realicemos, entonces, esperaremos que el otro nos dé un premio, una muestra de su aceptación, y sentiremos frustración si no la recibimos.

Este temor condiciona nuestra vida: estaremos accionando según lo que nosotros creemos que el otro espera que hagamos.

¿Cómo vencer este segundo temor?  Pues descubriendo quiénes somos y animándonos a mostrar eso que tenemos.  ¿Pareceré más atractivo con el cabello largo o con el cabello corto?  Es bastante probable que a una mitad del afuera le parezca atractivo con el cabello largo, mientras que, a la otra mitad, la seduciré con el cabello corto.  Pero lo que determina la verdadera belleza es el CONTENIDO y no el envase.  Y el contenido, SOMOS NOSOTROS MISMOS; lo que llevamos dentro, nuestras riquezas, nuestras cualidades, nuestras habilidades, nuestra determinación para vivir.  Nos resultará imposible seducir a todos, ni siquiera  a la mayoría.  Lograremos ser atractivos cuando aparezca lo GENUINO y VERDADERO.

La Actuación, las clases de Actuación, son un espacio, un terreno, una sala de ensayo, en la que aprenderemos a mirarnos y a descubrirnos en nuestras capacidades, habilidades, y dones.  Conoceremos nuestra naturaleza.  Cuando nos conozcamos y sepamos todo lo que tenemos, desaparecerá la vergüenza y el temor al rechazo.  Sentiremos nuestra VALÍA, y tendremos coraje en enfrentar lo desconocido, atravesando los miedos.

Al iniciar las clases las personas sienten mucha vergüenza; sin embargo, esta va disminuyendo a medida que se animan a mostrarse, porque gracias a ello, se descubren a sí mismas.  Finalmente, al final de un primer ciclo de aprendizaje, la vergüenza y el temor al ridículo, desaparecen totalmente. Cuando eso ocurre, recién ahí estaremos preparados para aprender el Arte de Actuar.

Bibliografía consultada:
La Sabiduría de las Emociones, de Norberto Levy

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