Cuentos 2

Clases de Teatro y Actuación

Nuevos valores

COVIDA 2020: HISTORIAS DETRÁS DE LA PANDEMIA

Serie 2 de cuentos: HOGARES

 

Nuevos Valores

por Sebastián J. Torelli

 

Hogar, dulce hogar. El lugar donde solemos pasar más tiempo en familia; en las comidas, haciendo orden, en nuestros cuartos… Para los que tenemos que seguir la cuarentena en nuestros hogares, seguramente habremos encontrado nuevos pasatiempos como crear juegos en familia, cocinar recetas nuevas, rediseñar cada rincón de la casa, o hacer rutinas de ejercicios en algún recóndito espacio que nos permita estar cómodos.

Todo cambia y hay que saber adaptarse a la situación; desde el tipo que casi no paraba en su hogar, hasta aquellos que estaban acostumbrados a pasar gran parte del día puertas adentro, muchas veces, a solas. Es el momento de valorar al prójimo y dejar de entrar en conflictos sin sentido. Muchos matrimonios vivirán una nueva luna de miel sin necesidad de conocer nuevos lugares, sino conociéndose como han madurado en los años que llevan juntos. Como así también pueden salir a la luz lo peor de cada uno como infidelidades y cosas que se guardan por mucho tiempo. Los que tienen hijos harán de maestros y profesores, tendrán que organizar el día para que tengan su tiempo de estudio, de recreo, de jugar en familia, cocinar juntos e inventar nuevas actividades para que no pierdan tanto tiempo en la tele y compu.

Esta cuarentena pondrá a prueba nuestros valores: si realmente son los más aptos para convivir con nosotros mismos, con nuestra familia, o con los que nos haya tocado pasarla.

Sebastián J. Torelli (08/03/2020)

 

Clases de Teatro y Actuación

La casa de la abuela Irene

COVIDA 2020: HISTORIAS DETRÁS DE LA PANDEMIA

Serie 2 de cuentos: HOGARES

 

La casa de la abuela Irene

por Lucrecia Calvi

 

«¿Papá, papá…? ¿Este fin de semana puedo quedarme en la casa de los abuelos?». Luego de tanto insistir, Clara conseguía su objetivo: ir de sus abuelos.

Por fin había llegado el día, Clara ya tenía preparada su mochila y, sentada en el living, esperaba a su papá para que la llevara. Y a unas cuadras de llegar, ella sentía que sus latidos se aceleraban… Tocan el timbre, se ve por el corredor que viene su abuela, abre la puerta… ¡y Clara la abraza muy fuerte con sus ojos que brillan de alegría!

Es en ese momento, que para ella arranca la aventura…

Mientras la abuela Irene preparaba las milanesas con papas fritas que tanto le gustaban, Clara jugaba en el patio con una olla llena de broches para colgar la ropa, a los que les decía frijoles… copiaba lo que hacía su abuela y pensaba que de grande quería cocinar igual de rico que ella. Si Clara comía poquito, eso a la abuela la ponía un poco triste. Sin embargo, tenía guardado para ella un paquete de palitos con queso y una Pepsi para cuando le agarrara hambre.

Por la tarde, le ensañaba cómo hacer un bizcochuelo. Agarraban una olla, ponían todos los ingredientes, y mientras ella prestaba mucha atención, la abuela hacía la mezcla. Y si se portaba bien, ¡la dejaban agarrar la cuchara para revolver! Siempre había un aroma particular en esa cocina, ese mismo aroma que tiene en particular cada hogar.

Cuando se hacia la noche lo mandaban al abuelo Enrique a dormir al cuarto de al lado, así podían jugar. Clara usaba el mortero de micrófono, se ponía joyas, zapatos y le decía a la abuela que se quedara quieta en la cama porque era su espectador. Jugaba a que era Susana Giménez, su anhelo era ser actriz. Pasaban horas jugando a ser Susana.

También, mientras jugaban en la cama, la abuela Irene le contaba chistes que hacían que ella se riera mucho y muy fuerte. Entonces, se escuchaban los gritos del abuelo Enrique diciendo que había que dormir y que iba a hablar con el papa de Clara para decirle que no se podía quedar más a dormir. Clara abría los ojos, pero la abuela le guiñaba el ojo con picardía, dándole a entender que no pasaba nada.

Y cuando sonaban los truenos, para que se quedara tranquila Irene le decía que San Pedro estaba corriendo los muebles.

Más de noche, de madrugada, iban las dos despacito con una vela encendida hacia la cocina para comer los palitos con queso y tomar la Pepsi que la abuela le había comprado. Clara tenía sus horarios y caprichos, y la abuela con todo su amor, la consentía siempre.

A la mañana siguiente Clara se despertó como un día más, como cualquier otro; y de repente, encontró en la punta de la cama un regalo, el cual no se lo pudo olvidar jamás. La abuela le había hecho una muñeca de trapo hermosa. Estaba tan contenta que salto de la cama y le dijo que había que llevarla a pasear. La puso en el carrito de los platos y, mientras se calzaba las chancletas talle 42 del abuelo, en voz muy fuerte le decía a Irene: «Abuela, abuela… Ya estoy lista para acompañarte al Disco», y salía chancleteando con el carrito.  Parada en el umbral de la puerta, Irene pensaba el largo camino que aún les quedaba.

¡Puf…! ¡Lo que tardaban en subir la barranca hasta llegar al supermercado! Pero con tal de verla feliz a Clara, una vez más a la abuela no le importaba nada.

Al próximo día, se despertaron temprano para tomar el tren y llevar a Clara hasta el club; en el Circulo Trovador se  encontrarían con sus papás para hacer las actividades de siempre: pileta, arenero, y algo que no podía faltar… ¡la merienda de la abuela!, sus famosas tortitas de azúcar. Y así terminaba su fin de semana. De regreso a su casa, Clara miraba por la ventanilla y sin que los padres lo percibieran, se le caían algunas lágrimas porque comenzaba a extrañar a su abuela amada.

Pasó el tiempo; Clara ya tiene 37 años, y se mudó a Belgrano, a dos cuadras de la casa de su abuela: «Lo que son las vueltas de la vida», pensó. Y cada tanto se queda parada en la puerta mirando a través del vidrio y le habla. Se sienta un rato en el escalón y le cuenta las cosas que le pasan en la vida, tanto las buenas como las malas. Y a veces, ¡hasta le pide ayuda!

Y aunque sea muy loco, ella siente que la escucha.

Lucrecia Calvi (05/04/2020)

Clases de Teatro y Actuación

La búsqueda

COVIDA 2020: Historias detrás de la pandemia

Serie 2 de cuentos: Hogares

 

La búsqueda

por Fernando Barletta

 

A ella no le parecía buena idea; decía que no estaba preparada para semejante cosa, que así estaban bien y que no hacía falta forzar una decisión. En cambio, él estaba seguro y pretendía explicarle que no forzaba nada, que su propuesta era una consecuencia natural en la relación.

  • Es un riesgo al pedo. ¿Pasar la cuarentena juntos…? Vos tenés tu casa y yo la mía… Si así estamos bien, amor.
  • ¡Ves! ¡Me dijiste amor!
  • Y si siempre te digo amor.
  • ¡Por eso! Si siempre me decís amor, pasemos la cuarentena juntos. Ponete a pensar, es como si nos fuéramos de vacaciones… ¡Dos fines de semana y cinco días en el medio!

Carola esbozó su típica sonrisa al caer en el encantamiento usual; luego, Gastón la terminó de convencer mientras hacían el amor. La única condición fue que debían dormir separados; él tenía que quedarse en el sillón del living. Pasar la noche juntos sería una excepción a la regla. A él tampoco le pareció mal instalarse en la casa de ella, el balcón de un tercer piso siempre es mejor que un patio en planta baja.

Durmieron juntos las dos primeras noches. A la tercera ella lo echó graciosamente de la habitación ante la insistencia de él por quedarse; en la cuarta, debió ponerse un poco más firme y ya no le dio tanta gracia. En la quinta y sexta él prefirió leer un libro y apagar temprano el velador. Volvieron a disfrutarse en la séptima, y a la siguiente noche nuevamente ella le advirtió que él debía respetar la condición.

No solo fue Carola, también Gastón fue cambiando su humor. Todo este juego le había resultado divertido en un principio, hasta que paulatinamente comenzó a extrañar su mesita ratona del living en la que puede apoyar los pies cuando mira la televisión. Otro inconveniente resultó ser el uso del baño: ¡se había olvidado de que las mujeres pasan horas allí dentro! Al comienzo puso empeño para soportar que ella organizara la secuencia de casi todos los movimientos internos, salvo, claro está, las urgencias sanitarias. Él podía entender perfectamente que, como dueña de casa, determinara las cosas; pero ahora le resultaba algo complicado esperar a que ella terminara de pasarse por el cuerpo alguna de las doscientas cremas que pretendía utilizar cada día.

En el día diez, durante la cena, abordaron más francamente estas cuestiones de la convivencia. Solo él terminó la comida, ella prefirió abandonar la mesa para encerrarse en su habitación deseando que los próximos tres días pasaran rápidamente. Aun así, a la mañana siguiente decidieron poner buena onda y desayunar juntos. Estaba funcionando, se pusieron a conversar sobre un proyecto de ella para importar escarpines térmicos de Noruega. Mientras ella hablaba con entusiasmo y llena de ideas, a él se le vino la imagen de su abuela cuando, de chiquito, la veía tejer botitas de lana para su hermanito recién nacido. Durante el segundo café, el presidente los obligó a quedarse callados; anunciaba la extensión de la cuarentena por dos semanas más. Estuvieron en silencio varios minutos hasta que Carola entró a su habitación y volvió a salir rápidamente para encender un cigarrillo en el balcón.  Gastón la miró con extrañeza y sintió que las cosas estaban verdaderamente mal; ella había dejado de fumar varios años atrás. La vio pitar con ganas, le daba la sensación de que se lo estaba comiendo antes que fumando. Pensó unos instantes y salió al balcón para acomodarse al lado de ella.

  • ¿De dónde sacaste los cigarrillos si vos no fumabas más? –preguntó él con su humor habitual; ella se lo quedó mirando un instante, y respiró hondo antes de contestar.
  • Son de Arturo
  • ¿De Arturo? ¿Y quién es Arturo?
  • Mi amante –confesó ella con sus ojos fijos en los de él.

Pasar la extensión de la cuarentena no fue fácil, debieron organizarse mucho más detenidamente y se acostumbraron, tácitamente, a dejar sobre la barra del desayuno los cartelitos de mensajes para el uno y el otro. Gastaron casi en su totalidad el cuadernito de anotaciones que ella tenía en la cocina. Lo único bueno para él fue que ya no le costaba cumplir la regla de dormir separados. El último día quiso preguntarle desde cuando ella… Lo interrumpió sin dejarlo terminar para decirle que no tenía sentido decir nada, que ya eran grandes para buscar chivos expiatorios, que era preferible dejar las cosas así.

Se vieron por última vez años más tarde en un cumpleaños de un amigo en común. Ella y Arturo habían decidido ir a probar suerte en Europa.

 

Fernando Barletta (01/04/2020)

Clases de Teatro y Actuación

El Miedo

COVIDA 2020: HISTORIAS DETRÁS DE LA PANDEMIA

SERIE 2 DE CUENTOS: HOGARES

 

El Miedo

por Johanna Chávez

 

Julia, una muchacha de 42 años, se encuentra en su casa mirando por la ventana. Difícilmente decirle hogar; ella no lo siente como tal, se siente presa, pero ya desde antes de comenzar la cuarentena. Hoy con esta situación, más que presa se siente dentro de una celda de castigo. Conocidos y familiares se preguntan por qué sigue ahí, viviendo con una persona que ya no ama, y que quizás nunca amo, si no que se enamoro de un ideal, de un imaginario que poco tenía que ver con la propia realidad. Se enamoró de falsas promesas, y lo único que puede hacer es mirar el sol por la ventana, el atardecer, esperando algún día no sentirse merecedora de todo lo que le sucede. Sus marcas en el cuerpo, le recuerdan cada día la violencia que vive y de la que no puede escapar.

Llega Raúl de hacer las compras porque ella no puede salir de su casa, él no se lo permite, sus celos excesivos constantemente lo amenazan con la pérdida de su objeto que él siente como propiedad.

Julia más que viviendo, va sobreviviendo el día a día, apoyándose en  sus fantasías, esas que ayudan a sacarle una sonrisa cuando nadie la ve, porque no le es permitido sonreír si no es por un chiste de Raúl; sí el jocoso Raúl, tan simpático y comprensivo frente a los demás… Tal es así, que cuando Julia se animó a hablar, pocos podían creer que fuera el mismo Raúl, que frente a los otros la llenaba de besos cariñosos, pero cuando cierran la puerta del propio dormitorio esos besos se transforman en golpes y en palabras violentas y degradantes.

Julia vuelve apoyar su cara en la almohada, otra noche más durmiendo con el horror. El miedo que inunda hoy a la sociedad, es algo cotidiano en su vida; la incertidumbre de no saber qué te espera mañana, es moneda corriente para ella. La falta de expectativa y de proyectos la hunden más en su oscuridad. Pero un día, luego de largas reflexiones consigo misma, se levanta diferente: escucha en las noticias que ha terminado la cuarentena. Argentina se levanta; unida pudo luchar y vencer a un enemigo invisible según los médicos. Y ese día, se pregunta por qué ella no puede ser protagonista de su historia y vencer a su propio enemigo invisible: el miedo que la paraliza. Se llena de valentía y de coraje, arma una pequeña valija y huye. Si el miedo muchas veces te hace huir de una situación amenazadora, en este caso fue para Julia algo operativo; huyó para ver de vuelta el sol, respirar aire puro, sentirse libre. Emprender un camino propio, formar proyectos, y volver a vivir su vida, lejos de Raúl.

Hay que tener en cuenta que no todas las mujeres pueden hacer lo que hizo Julia.

Johanna Chávez (31/03/2020)

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