Covida 2020

Clases de Teatro Artebar Bs As

Los ratos de la plaza

COVIDA 2020: HISTORIAS DETRÁS DE LA PANDEMIA

Serie 1 de cuentos: PLAZA BALCARCE

 

Los ratos de la plaza

por Lucrecia Calvi

 

Llega la tarde en la plaza. Se escucha desde lejos la música de la calesita; en ella hay niños y niñas con caras felices y personas alrededor. Pero una pareja en particular que se la nota cansada y realizándose reclamos de las obligaciones de cada uno, mientras que su hija le pide una y otra vez una vuelta más en la calesita para ver si logra agarrar la sortija.

En los juegos se observan a las madres cuidando de que los hijos no se golpeen, y mientras charlan entre ellas contándose mutuamente cómo son sus hijos, también hablan de la cotidianeidad de sus días. Y en un banco se ve un señor muy concentrado leyendo un libro. Y en otro una chica fumando un cigarrillo mientras que habla muy nerviosa por celular.

En las mesas se puede ver un grupo de chicas tomando mate, se nota que no están estudiando, están los libros en las mesas, pero no los han tocado. Y otro grupo de varones que desde lejos las observan sentados desde otra mesa, poniendo música de onda. Sobre el césped en otro rincón de la plaza, un pequeño, que tendrá 4 años, juega feliz a la pelota con su papa. Y por allá otra señora que lleva a upa a su perro pero que no lo baja, y mientras camina dando vueltas alrededor de la plaza.

Es el atractivo de la plaza, de cómo cobra vida cada tarde gracias a la gente que la habita… aunque sea por un ratito muy corto, o bien porque sea un rato muy largo.

Lucrecia Calvi (01/04/2020)

Clases de Teatro y Actuación

Recuerdos Inolvidables

COVIDA 2020: Historias detrás de la pandemia

Serie 1 de cuentos: Plaza Balcarce

 

Recuerdos Inolvidables

por Sebastián J. Torelli

 

Cuatro chicos solían pasar sus ratos libres en la plaza de su barrio (Julio y Juan de 6 años, Marcos de 7, Fernanda de 5) que se conocieron en ese mismo lugar. Todos tenían mucha imaginación, algunos hiperactivos y otros amantes del aire libre.

La calesita era el lugar donde competían entre todos para sacar la sortija y Julio era el que más ganaba, por su espíritu competitivo y porque el dueño de la calesita tenía especial simpatía con él al conocerlo prácticamente desde que nació. Sus padres lo llevaban desde que tenía 1 mes a la misma plaza Balcarce en Núñez. El tanque de guerra era el que siempre elegía donde era un comandante a cargo de la misión de disparar y derrotar a las demás, ya sean caballos, helicópteros o cualquier otro integrante de la calesita.

Una vez que daba sus 6 vueltas, comprando 4 boletos y 2 más gracias a la sortija, iban los 4 corriendo a los juegos de plaza. Allí, además de recorrer cada uno de los juegos también aprovechaban a jugar a la mancha y a la escondida. Hasta jugaban con sus muñecos/as en las mesas de cemento situadas afuera, justo enfrente  donde siempre los cuidaba uno de los padres de los 4 que se turnaban según sus tareas y trabajos diarios.

Aprovechaban la plaza entera ya que jugaban a la pelota en los espacios de tierra con pasto junto a flores caídas de los enormes árboles que había en aquella plaza. Eran los chicos más felices al compartir momentos únicos de sus vidas en aquel grandioso lugar. Desde conocer nuevos amigos, festejos de cumpleaños (a los que se sumaban chicos que veían por primera vez) y disfrutar shows de magia gratuitos los fines de semana. Eran inseparables ya que cuando uno se enfermaba, se fracturaba, o por alguna razón no podía salir siempre se hacían un tiempo en el día para ir a visitarlo y compartir cómo les había ido en el día.

Así pasaron 4 años todos juntos hasta que llego el día en el que Marcos llegó triste porque se enteró que en una semana se iba a mudar a España debido a una imperdible oportunidad laboral para su padre. Ese día, todos quedaron desconcertados al no querer perderlo para siempre ya que no sabían usar celulares ni computadoras para hacer video llamadas para mantenerse en contacto. Pero al mes de viajar, Marcos les hacía llegar sus primeras experiencias en aquel lugar nuevo donde se había mudado, a través de sus padres que mandaban mensajes de texto y de voz y hasta algunos videos a los otros padres y así se lo hacían llegar a sus hijos.

Con el tiempo Fernanda se mudó a Avellaneda y Juan ya casi no salía a la plaza ya que tenía otras actividades por la tarde como fútbol, natación y teatro. Tan solo Julio salía a andar en bici y jugar a la pelota con nuevos amigos.

Una vez que pasaron los 30 años de edad ya todo era diferente. Pero esa experiencia que pasaron juntos la repitieron con sus propios hijos y así volvieron a disfrutar desde otro lugar, compartiendo experiencias junto a otros padres y abuelos.

Sebastián J. Torelli (28/03/2020)

Clases de Teatro

Detras del miedo la Libertad

Covida 2020: Historias detrás de la pandemia

Serie 1 de cuentos: Plaza Balcarce, Núñez

 

Detrás del miedo, la Libertad

por Vera Coronel 

 

Mi papá canta y cuenta. Él me lo contó, y me lo cantó; en su casa, una tarde de primavera. La historia de dos caballos que se escapaban de la calesita. Enclenque, el caballo más flaquito y de color naranja, ya vislumbraba un sol de libertad. Le gustaban los niños, sí; disfrutaba de ellos. Pero ya había pasado su vida girando. Y atado.

  • ¡Oye amigo, sé volar… con las alas del día! –dijo, mientras se desprendía de a poquito–. ¡Ey Matungo…desaparecemos un día!
  • ¿Dónde vas? ¡Ven acá! Tenemos que estar en la calesita y dar vueltas –gritaba Matungo desde el conformismo de lo conocido mientras veía cómo su amigo comenzaba a alejarse…
  • ¡Da vueltas vos! –le respondió.

En un intento de buscarlo y casi sin darse cuenta, Matungo se encontraba también fuera.

Hoy me siento girando en una calesita que se parece a mi casa. Anhelando desprenderme para poder salir volando. Mientras tanto me pregunto si necesitamos la atadura para saber sentirnos libres. Si necesitamos alejarnos, para poder estar cerca. Si tal vez así, sepamos celebrar el contacto. Porque resulta que no hay tiempo para hacer otra cosa, que no sea lo que sentís.

Mientras se pueda.

Vera Coronel (26/03/2020)

Clases de Teatro y Actuación

Las cadenas de Esteban

COVIDA 2020:  Historias detrás de la pandemia

Serie 1 de cuentos: Plaza Balcarce, Núñez

 

Las cadenas de Esteban

por Nazareno Mércuri

 

«¿Cuándo se acabará esta tortura?», pensaba desesperado mientras abrazaba los imaginarios barrotes. Hoy es el décimo noveno día y Esteban, va camino a volverse loco.

El día empezó igual que todos los otros: el sol intruso golpeando la ventana y atravesando unas inútiles cortinas, una pava al fuego, y a pocos metros, el varón medio dormido, concentrando su energía en impedir que el líquido se dispare hacia los lados del inodoro. Al rato, unos dientes relucientes, y el silbido de una pava ya lista, la yerba y ahora sí, el sol es bienvenido.

Entre mate y mate se pregunta Esteban qué será de su plaza, de la suya, esa que amparó y mantuvo durante los últimos diez años más por amor que por trabajo.

Se paraliza ante la idea de una catástrofe, y las catástrofes, en sus juegos nostálgicos, son frecuentes.

Cualquiera podría pensar que devenir en nostalgia, habiendo pasado tan solo diecinueve días desde que comenzó la cuarentena, es un acto de locura. Mas asegura Esteban que se trata de un simple reflejo del cariño; no puede impedirle a su corazón que, entre tanto tiempo libre, no recurra, ya sea voluntario o no, al dulce ejercicio del recuerdo.

¡Y qué bellos y tristes a la vez, son esos recuerdos!

Bellos por todo lo que representa para él aquella porción de pasto y vida, hogar de algarabía, de comunión y plenitudes. Tristes, al tiempo, por elimpedimento, aunque provisional, para volver a encontrarse con su lugar en el mundo.

Hoy Esteban llora, y nadie hace caso. Se quiebra ante una ventana estéril que no deja ver más allá, entregándose a la más profunda angustia.

Ensimismado sobre aquellos dolorosos pensamientos, y con la esperanza deshilachada, olvida lo temporal del aislamiento. Ya no hay un futuro al cual obedecer, sino una rendición secreta hacia el más severo de los pesares. Anhela un reencuentro que, cree saber, jamás existirá.

Se pierde en un lamento inagotable.

Y en aquel solitario ritual se desarma para siempre un hombre, o, quizás, toda la humanidad.

Nazareno Mércuri (24/03/20)

Clases de Teatro

Pandemia y Esclavitud

COVIDA 2020: Historias detrás de la pandemia

Serie 1 de cuentos

 

Pandemia y esclavitud sin cadenas

por ANZIT GUERRERO, José Luis (Pepe)

 

 

Estimado Jorge:

                                Como bien sabés, cuando me embarga una extraña sensación anímica o emoción incomprensible, suelo escribirte -no solo para que me aconsejes con la sabiduría que te caracteriza-, sino, además, para comentarte que, según mi humilde opinión, la pandemia del “coronavirus” que estamos atravesando también puede solucionar el problema de la pobreza y el voluminoso sobrante de seres humanos que hoy padece nuestro desgastado planeta. Paso a contarte mi teoría, que debo reconocer nació de dos hechos fortuitos que podrás descifrar a lo largo de la lectura de esta misiva.

                                Una circunstancia que nadie sabe y, por ello, apelo a tu recono-cida y prudente discreción, fue que -durante los días 17 y 18 de este mes y año- nos reunimos secretamente y bajo juramento de ultra confidencialidad, aproximadamente, unas cuarenta personas en la Isla de Aruba, o sea en la casa de Juan José del Castillo, el ‘zar mundial de las drogas’. Creo que te acordarás, porque me asististe durante las negociaciones que mantuve con él, allá en los fines del año 2001, a fin de unificar el comercio de todos los tipos de estupefacientes, y en lo que a mí atañe crear un solo código reglamentario de finanzas y de ‘lavado de activos’ de las ganancias que origina tan próspera actividad productiva.

                                Huelga decirte, a modo de introducción de los personajes en danza, que a ese seminario (por llamarlo de alguna forma) concurrieron represen-tantes de la “Trilateral Commision”, la “Deutsche Wirtschaft”, entre otras entidades multinacionales, mientras que por la banca y las finanzas mundiales fuimos nada más que cinco representantes de los grandes holdings: yo asistí como representante del JPMorgan International y de los bancos estatales y privados de Latinoamérica. Asimismo, se acoplaron, con voz y voto, los hombres de mayor confianza de las cúpulas gobernantes de Estados Unidos, Unión Europea, Rusia, China, Japón y Estado del Vaticano. En fin, sin temor a exagerar podría aseverarte que en las cuarenta sillas que ocupamos estaba sentada el ochenta por ciento (80%) de la riqueza mundial. Una vez abierto el debate, previa bendición del nuncio apostólico que envió el Papa, por votación unánime se dispuso que el dueño de casa, nuestro común amigo Juan del Castillo presidiera el cónclave. En ese momento, tomamos conciencia que la reunión no era una fiesta de navidad, sino, que se trataba de discutir y definir el nuevo mundo que surgiría luego de la actual pandemia. Si Castillo no podía conducir el “meeting”, no conseguiríamos otro que lograra hacerlo, habida cuenta el peso específico de poder y personalidad que revestían los invitados a semejante ágape de ‘tiras y aflojes’ cuando se trata de defender los intereses propios o enconmendados. Me consta que Castillo es un caballero ilustrado, pero sus genes formados al calor del “crimen organizado” no le harían temblar el pulso si debe pasar a mejor vida a algún concurrente que no respete las reglas del juego, sea en el debate o en el cumplimiento de las resoluciones definitivas dispuestas.

                                Luego, si te interesa el tema, podemos encontrarnos personal-mente para ampliarte los detalles, inclusive, por supuesto, con los sabrosos y sesudos monólogos y diálogos que se produjeron a lo largo de la reunión. Te puedo asegurar que algunos de ellos son magníficos, pero hay otros que sencillamente confirman mi opinión de que “… el hombre no fue hecho a imagen y semejanza de Dios, sino, con total certeza, del Diablo…”. Tal como te conozco, se que sos hombre de poca paciencia, así que dejaré tanto prólogo para ingresar de lleno a las conclusiones que arribé; aclarándote que no existió ninguna conspiración -como suelen denominarlas los periodistas que están en nuestra nómina- cada vez que existe algún colapso o siniestro en el planeta Tierra. Ya veremos -más adelante- que les obligaremos a decir y/o escribir a nuestros lenguaraces mediáticos, una vez que nos interese que el ‘coronavirus’ se aplaque, extinga o convierta en un buen negocio.

                                Del extenso y fecundo intercambio de ideas, yo extraigo las siguientes y primarias conclusiones:

                                                                1º) La pandemia es un verdadero juego macabro, que de improviso nos cayó -sea por mandato divino o los desastres que cometimos los humanos respecto de los dones naturales-. En cierta medida, puedo aseverar que devastó parte de nuestro mundo y sus creencias automáticas, y ame-naza con despojarnos de todo y modificar nuestras conciencias para siempre. Su radio de acción afectó a todo títere con cabeza, ya que los países ricos y los sectores sobrealimentados de las naciones pobres generamos una cierta frivolidad negadora acerca de las seguridades inmutables de nuestro estilo de vida. Sirva Europa de ejemplo, quienes se creyeron que su eventual prosperidad sostenida los había convertido en invulnerables.

                                                                 2º) Los países del Primer Mundo, y parte del Segundo (los más ricos de la ex Unión Soviética), por ahora, van a sobrevivir debido al alto nivel de atesoramiento financiero, tecnológico e industrial que acusan sus reservas. A ello, debe sumarse que tienen una población mediocre y adocenada que resulta fácil controlar a través de la droga y el alcohol. Prefieren trabajar unas pocas horas en su hogar -con el confort que esa situación conlleva-, y en sus horas libres dedicarse al consumo de lo que les venga en gana. No es gente que aspire al poder, aunque muchos integren grupos subversivos o terroristas, en gran parte por estar de moda dicha postura, y en pequeña escala por convicción. Igualmente, las cabezas y jerarquías de estos insurrectos las tenemos bien controladas a través de los servicios de inteligencia de las grandes potencias.

                                                                 Este esquema es viable y de una meridia-na y posible ejecución, pero el problema más grave y urgente de la futura economía son los cuentapropistas, los que están en la economía en negro, los que ni siquiera tienen cuenta en un banco. Están encerrados en sus casas y no hay forma de que reciban una remuneración ni un subsidio. No es un tema baladí, porque si no lo resolvemos adecuadamente, vamos a tener enfrentamientos con las 3/4 partes del Tercer Mundo (Latinoamérica, África, sur de Asia y Oceanía) y, ello es así, porque su reducida actividad económica se circunscribe al sector “informal”, lo que, en buen castizo, significa que estos trabajadores no son interesantes para nadie, sea el Estado, el sector privado, etc.. No olvides que siempre las revoluciones se irradiaron desde la periferia hacia el centro. Por ello, este escabroso tema te lo dejo para que nos aconsejes cómo solucionarlo sin generar brotes de violencia o rebeliones civiles. No solo es un tema financiero porque, además, encierra múltiples aristas que debemos limar los cuarenta personajes que describí en un párrafo anterior, o sea que este ‘intríngulis’ afecta directamente al poder mundial.

                                                                 3º) No hace falta decirte que siempre las rebeliones populares fueron vencidas a sangre y fuego, con sus consiguientes muertos y heridos y que, en más de una oportunidad, nos hicieron trastabillar nuestra propia escala de poderes. Por ello, antes de cualquier decisión que tomes en cuanto a la invitación que te curso para que te unas a nuestro grupo, deberías considerar mis pequeñas apostillas sobre tan compleja trama de sucesos:

                                3.1.) En primer lugar, los sectores juveniles actuales (entre los 18 y 30 años de edad) no tienen el alto grado de politización que ostentó nuestra vieja generación, fuese para la ideología que fuera. Excepto pequeñas excepciones la mayor parte de ese segmento etario vive en un estado de semi-ignorancia intelectual, que saben cubrir por medio del manejo de la tecnología vigente, perosu natural soberbia juvenil y desmedida ambición los convierte en material permeable para que, por algún dinero más o menos interesante, se pongan a nuestra entera disposición. Solo habría que reclutar y pagar a aquéllos jovenes que evidencien dotes de liderazgo, falta de escrúpulos y sean vulnerables, eventualmente, para el caso de que su excesiva avidez nos obligue a retirarlos de escena para siempre.

                                3.2.) Respecto de las capas medias de la sociedad, cada vez más escasas aún en los países ricos, reiterándote las excepciones que hubieran, en general, solo buscan sostener su estilo de vida ya que le tienen un pánico atroz a caer en el abismo de los pobres, o peor aún, en el incierto destino de los “homeless”. Este sector social merita el mayor y mejor de los análisis, porque de sus entrañas surgen los profesionales, comerciantes, pequeños y medianos industriales y demás productores de bienes, servicios y, sobre todo, de ideas.

                                3.3.) Finiquitando este tópico, importa que te señale que aún no hemos tomado ninguna decisión al respecto; habida cuenta que todavía no sabemos que mundo quedará en pie cuando finalice esta pandemia de “coronavirus”, pero si sabemos maniobrar podemos pegar un salto cualitativo en nuestra cuota del poder mundial. Dicho en números, hoy controlamos 3/4 partes del mismo, pero si nos esmeramos con un buen plan de dominación global podremos llegar a manejar 4,8/5 partes de la gran torta terrenal.

                                                                 Debe quedar perfectamente en claro que la “operación” de dominio a llevar a cabo no será instrumentada por la vía armamen-tística, toda vez que seremos sutiles y persuasivos. Ya sabés que desde hace tiempo nos encontramos abocados a ir reduciendo, y si se puede, eliminar a las fuerzas armadas del mundo, ya que estos cretinos nos han metido en cada crisis y enfrentamientos que luego nos costó “sangre, sudor y lágrimas” poderlos enmendar. En suma, no buscamos que todo el planeta se convierta en un campo de concentración al estilo nazi, tal como fuera el famoso matadero de “Auschwitz-Birkenau”; únicamente, pretendemos crear en el mundo una especie de jardín o plaza que se rija por las leyes de la ‘guerra bacteriológica’, que demostró su gran potencialidad en la Primera Guerra Mundial. Según nuestros amigos, dueños de la industria farmacológica y del mayor paquete accionario de todos los laboratorios de la Tierra, nos aseguran que están en condiciones de producir cualquier tipo de bacteria que inicie epidemias, pestes, pandemias, etc., que irían de simples placebos, enfermedades controladas con ‘feedback’ asegurado, y de ser necesario, contaríamos con potentes fármacos que podrían destruir a toda una nación o, al menos, una gran proporción de su población y territorio.

                                                                 No quiero apabullarte con tanta informa-ción, pero si se te ocurre alguna pregunta, idea o inquietud llamame a mi casa veraniega de Jamaica, por la línea privada que te agendé. Me voy a pasar la cuarentena allí, porque al ser una persona de riesgo me recomendaron que fuese a una zona más bien calurosa. Desde ya, si es tu deseo, quedás invitado. Te agrade-cería que le suministres al tema en despacho la importancia que se merece, y trates de contestarme a la brevedad posible.

                                                                 Sin otro particular, recibí un fuerte abrazo de tu seguro servidor y amigo.

                                                                 J.L.A.G.

P.D.: Con el estusiasmo que me despertó el proyecto antedicho, me olvidé de contarte como me surgieron las ideas que te redacté en las cuartillas precedentes. Aunque te resulte cómico, el disparador que me hizo temblar el cerebro fue una foto de la Plaza Balcarce, sita en el Barrio de Núñez, que me envió un estimado ex profesor de teatro que me enseñó las herramientas básicas del oficio de actor, que debo reconocer que me sirvió de muchísima ayuda cuando debí comunicarme con otras personas o grupos, ya fuese para resolver situaciones difíciles, negociar duramente o disponer de alguna vida, empresa o región territorial. Te robo un minuto más de lectura. Según la susodicha foto observas un magnífico parquevacío, con bellas flores y hermosos asientos, contando además con una calesita de la línea “vintage”. Todo lo contrario a lo que mirás cuando el ser humano se apropia del espacio público, tales como: excrementos de animales, gente mal entrazada, jóvenes nocturnos que se reunen al solo efecto de cumplir con el rito sagrado de libiar cerveza, y cuando pueden le agregan la ingestión de drogas. Bueno, sería largo de explicar los males que nos hace padecer la condición humana. Por ello, esa foto me condujo a la ilusión de vivir en un mundo sin tanta miseria y gente que aún no sabe para que nació. No pienses que soy un misántropo, porque te consta que nunca lo fui.

                                                                 Nuevamente te saludo, y te recuerdo cuando en nuestra juventud mirábamos con exaltación del lema de Wall Street: ‘la codicia es buena’ (greed is good). Todo esto ahora puede estar en jaque. Esperemos que no tenga los días contados. Está en nuestro pensamiento y acción que esto no ocurra. De nuevo, abrazos. J.L.A.G.

Clases de Teatro y Actuación

Los juegos en la calesita

COVIDA 2020: Historias detrás de la pandemia

Serie 1 de cuentos

 

Los juegos en la calesita

por Raquel Just

 

Y sí; un día me levanté como todos los días de año, me empezaron a preparar, me limpiaron me pudieron aceite a las cadenas, hicieron algunos retoques de pintura, nos perfumaron… y listo.

Llegó la hora en la que mis amigos, mis pequeños, mis niños, mis bebes acompañados por sus papás, de sus abuelos, de sus hermanitos… Esperé, y de repente tampoco lo veo a Paco, el Calesitero.

Pasaba la hora y nadie venía. Pensé: «Es un día hermoso; ya deberían haber llegado. Otra opción es la fecha del mes, quizás no tengan plata para pagar la vuelta…». Miraba el reloj; las agujas corrían, y nada. Comencé a observar alrededor y me di cuenta de que nadie caminaba por el parque; nadie corría, nadie andaba en bici, nadie tomaba mate, nadie se asoleaba. Me di cuenta de que no había nadieeeeeee… En se instante una angustia inmensa lleno mi alma, mi corazón, mis pensamientos…

Dos; tres; cuatro días iguales… Ya era insoportable. No entendía qué estaba sucediendo, pero me sumergí en mí e intente sacar todo lo mejor. En ese instante me di cuenta de que hace años que convivo con mis compañeros, ya casi familia, y no sé nada de ellos. Todo el tiempo estamos dando vueltas uno atrás de otro, algunos uno al lado del otro, pero nunca nos hablamos, no sé nada del otro; sí sí, nada del barco, del caballo, del carruaje, del avión, del autito… Estamos todos juntos todo el día, todo el año, toda la vida… ¡y no nos conocemos!

Esa tarde, mientras seguíamos esperando, les propuse un juego: «Amigos… familia –grité-, ¿jugamos a presentarnos entre nosotros? Sí, a presentarnos… ¡Si no nos conocemos!», les dije.  Comencé: «YO ME LLAMO ICO, TENGO 10 AÑOS Y ME ENCANTAN LOS CARAMELOS». Silencio. De repente… «Hola, yo soy Tutu, el autito color rojo, y no voy a decir mis años, pero me encanta el chocolate…».  «Acá acá estoy, yo soy el barco; no me gusta mucho que los chicos me pisen; me encanta la música y me encantaría pisar tierra, jajajajaja».

Y así comenzamos, ¡qué bueno! Ya sabíamos más o menos algo de cada uno. Así, fueron pasaron los días y propuse hacer ejercicios distintos: bailar, cantar, y hasta llorar. El parque seguía sin NADIE, pero a la vez estaban con ellos mismos. Me imaginé que para cada una de las cosas que ocupan una plaza, estaría pasando algo, y yo solo me creaba una historia sobre lo que le estaría pasando al banco, a los juegos, a los bebederos…

Desde ese momento aprendí que todo pasa por algo; en nuestro caso, LA CALESITA, que damos vueltas uno atrás de otro, nos empezamos a conocer, somos compañeros, somos familia, que por años hemos estado juntos y, a la vez, estábamos muy separados.

Esto que pasa ahora y que no logro entender, porque NADIE en ningún lado sabe lo que está pasando, pasará. Y cuando pase, nadie va a volver a estar solo.

Raquel Just (23/03/2020)

Clases de Teatro en Belgrano

Dia Zero

Covida 2020: Historias detrás de la pandemia

Serie 1 de cuentos

 

Día Zero

por Agustín Matozo

 

Registro #3:

Hola de nuevo Dr., sé que me pidió llevar este diario. Sigo sin poder escribir. No sé de qué hablar. No sé realmente qué es lo que siento, pero me alegra estar aquí. Al menos puedo dormir un poco sin escuchar los estallidos.

Registro #8:

Al salir de la aplicación con la doctora fui, como me lo indicó, directo a casa. Preparé mi propia comida; nada elegante, nunca pensé que llegaría tan lejos. Lo primero que pensé fue que sería la ocasión ideal para desarrollar ese placer culinario que desde pequeño tenía como asignatura pendiente. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que estuve cerca de preparar comida, que ni siquiera podía recordarlo. La única referencia que tenía es el chico que calienta el tostado cada mañana y anotaba mi nombre en un vaso de cartón; fue cuando me di cuenta de que no iba a ser tarea sencilla. Después de 3 capítulos de la recomendación de Netflix, por fin pude recordar; casi era como descubrir algo nuevo, no podía creer que hubiera olvidado todo. No quise dejar que el remordimiento que despertó ese recuerdo fuera más grande que la fiaca y me dispuse a entrar en esa puerta que se abrió. Lo primero que vi al entrar fueron todos los domingos que acompañaba a mi abuela a la feria de Plaza Balcarce. Si cierro los ojos lo suficientemente fuerte puedo escuchar a todos los pendejos gritando para subir a la calesita y elegir el caballo más grande en medio de una nube de humo de tabaco que llegaba desde las bancas donde los viejos jugaban ajedrez, tomaban mate, agitaban los brazos discutiendo la última jugada de River. Todo mientras ella olía, tocaba y casi puedo jurar que hablaba con todas esas frutas y verduras hasta llenar las bolsas casi a reventar de comida, agitada y a la vez desesperada por iniciar a preparar todo. Me gustaba imaginarla como una científica apasionada tratando de encontrar la siguiente poción que salvara al mundo; por irónico que parezca. No olvido cada vez que me pedía limpiar las chauchas o separar los porotos y me veía a transformarme en la versión potra de Igor y no descansaba hasta que cada piedra fuera eliminada. Las tardes pasaban volando, las risas y las horas platicando con ella hacían que olvidara todo. Cuando terminé el primer guiso, el sabor no era el que esperaba, aunque no importó; valió completamente la pena. Tras el último bocado recordé que la doctora dijo que esto iba a ser mejor de lo que pensaba.

Al final del tercer día estaba resultando… no sé si utilizar la palabra ‘mejor’, pero al menos ‘terapéutico’. Ahora sólo resta esperar los cambios tan drásticos de los que todos hablan.

Registro #15:

Hoy la comida dejó de ser suficiente; empiezo a sentir la desesperación cada vez más. Aun así sigo teniendo esperanza, hay muchos que confían en que esto funcione. Pero me pregunto ¿Qué pasaría si no funciona? ¿Cuántos años más tendríamos que esperar para volver a intentarlo? Me gusta sentir que soy importante. Cuando me inscribí para ser el candidato supuse que sería sencillo, al menos más que permanecer afuera y pelear por poder probar carne. Aquí al menos puedo relajarme y escribir este diario. Ni siquiera sé de qué hablaré.

Registro #28:

Hoy por fin pude leer todas las cartas que me hicieron llegar personas de todo el mundo. No había querido leerlas. Sabía que no sería sencillo. La mayoría son lindas y me dieron algo de fuerza para saber que lo que estoy haciendo fue la mejor decisión. Sólo algunas fueron las que me preocuparon, en especial aquellas que hablaban de los que pudieron conocer la vida antes del brote. Eran 12 cartas; demasiadas para la cantidad de sobrevivientes.

Registro #36:

Gracias por la visita doc, hubiera sido imposible poder moverme y el nuevo guardia nocturno no creyó que sería importante llamarle. Ya se irá acostumbrando, creo que es muy joven para ser guardia. Supongo que todo sigue avanzando muy rápido y es lo que pudieron conseguir. Trataré de no llamarlo por su nombre, así cuando deje de venir, como todos los demás, no será tan difícil olvidarlo.

Registro #43:

Como lo predijeron, los primeros meses pasaron relativamente rápido. Los efectos de la sustancia han ido haciéndose notar considerablemente. La cicatriz de la aplicación no ha sanado como debería, pero confío en que los expertos están trabajando en ello. El dolor de cabeza aumenta cada vez más, por hoy creo que es más que suficiente.

Registro #56:

Los síntomas por fin están retrocediendo. Empiezo a sentir el viento que atraviesa mi cuerpo mientras tomo el sol. La fuerza que tengo para levantarme y moverme no deja de sorprenderme. Por la tarde será la última aplicación. Me hace sentir un poco ansioso y nostálgico. No recordaba lo que se sentía hablar con otra persona.

Registro #89:

Sin fuerza. Mucho Dolor.

Registro #124:

Hoy me siento mucho mejor. Sigo esperando su visita, Doc. No sé cuántos días han pasado desde su última visita, pero creo que los suficientes para saber que las cosas no van bien. Sé que nunca podrá leer esto, pero siempre me agradó y eternamente estaré agradecido por la oportunidad de ayudar. Gracias por ser la compañía que necesité durante el proceso. Desearía que pudiera escuchar el silencio que guardaré en su nombre.

Registro #152:

Te extraño, doc. Cada vez es más difícil poder hablar con alguien. Doc 33 es literalmente mudo; nadie como tú. Es imposible poder avanzar con tantos cambios. La ira me consume.

Registro #243:

Si estás leyendo esto, de corazón deseo que puedas descifrar lo que nosotros no pudimos. Todos los análisis están en el disco duro. La contraseña para ingresar: COVIDA.20.

Gracias por intentarlo.

Agustín Matozo (23/03/2020)

Clases de Teatro y Actuación

La Plaga

Covida 2020: Historias detrás de la pandemia

Serie 1 de cuentos

 

Radiografía de un planeta cuya plaga tiene una plaga.

por Patricio Parra Martínez

 

Y un buen día ocurrió. Las calles estuvieron vacías; la gente, entre incertidumbre, miedo y ansiedad, no salió a la calle. Un “virus”, un ente desconocido que amenaza la vida de algunos humanos. Sin información, sin cura, sin conocimiento. Y es que la ignorancia es el mayor enemigo. La falta de empatía su mayor aliado.

Nos dicen que no tengamos contacto físico, pero es que el contacto físico ya es escaso en la era de las telecomunicaciones. Uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde; ese contacto, poco apreciado, pareciera estar afectado por nuestro anhelo de acercarnos.

Esa mañana amanecí en mi cuarto, algo había raro… El aire más limpio de lo habitual, se escuchaban las aves piar, ¡no había ruido! Algo raro, sin dudas. Me levanté, desayuné, me duché y me dispuse a ordenar, limpiar… pero algo faltaba.

No me gusta informarme a través de periodistas que ignoran más de lo que saben, sino enterarme a través de páginas científicas. Trato de ignorar el tema; trato de evitar pensarlo. Pero esto es una pandemia, y me aterra.

Lo admito: tengo miedo. La gente está desconcertada, expulsada de sus rutinas, de sus seres queridos, de sus trabajos y hasta del aire libre. ¿Qué opciones tengo? Sin duda, quedarme en casa, pero a eso no me refiero. ¿Debo pensar en ello?¿Acaso debo ignorar el tema y seguir adelante?¿Puedo hacer algo realmente para ayudar a alguien?

Ya van tres días de cuarentena. Las aves siguen piando, como si cantaran nuestra desgracia. Los humanos de la Tierra están en sus casas. Es curioso, hace un mes era impensable, salido de una película de ciencia ficción; hoy es una visión de cómo podría ser el mundo si no mejoramos como especie social.

Se me acaba la comida, debo salir. Me visto, me ducho y me pongo barbijo. No lo hago por mí, pues como científico sé que no me protege sino a los demás. Es un tema de cortesía social. Abro la puerta y salgo, como si fuera la primera vez… Se siente raro, por la calle pocos y nadie. Y los pocos me miran mal, me evitan. Me acerco al mercado y hay cola para entrar: la gente mantiene dos pasos de distancia y evitan hablar. Cuando es mi turno entro, compro lo necesario y salgo… El aire está limpio, las aves siguen hablando de lo que ocurre, pareciera que dicen “te lo dije”.

Y así, como volviendo de una caminata por el espacio, llego a casa, me ducho y me lavo. Es curioso, siento abstinencia de caminar, de moverme, y hasta de ir a trabajar. Insisto en mi postura de no-medios, prefiero no saberlo. Prefiero hibernar y vivir en la bendita ignorancia. Pues yo tengo la desgracia de entender un poco; y ese conocimiento es un arma de doble filo. Podría difundirlo, podría gritar, mas ¿para qué? A quién le importa otra opinión, la desgracia de la población es no saber distinguir información de conocimiento; opinión de hechos científicos. Me da igual lo que opinen. Me da igual todo. Siento bronca. Quiero salir. Quiero disfrutar del tiempo. Pero no, no debo. ¡¡Me quedo en casa, y esto también se siente como algo nuevo!! Me siento confinado en mi nave espacial. Usemos la imaginación, ¿acaso no pasé un tercio de mi vida despierta empleándola en inventarme una realidad más divertida?¿Acaso la naturaleza no nos dota de sueños, en los cuales imaginamos realidades alternativas? Y de repente me siento un niño, juguetón, rebelde, inquieto, curioso, usando la imaginación. De repente me siento un anciano, cansado, lento, y un poco más sabio. Pienso en mi pasado, pienso en mi presente: no está tan mal. Tuve una buena vida, tengo un instante curioso, ¿qué puedo hacer? Adaptarte.

Y el tiempo va pasando, y la casa no podría estar más ordenada y limpia. Mis plantas no podrían estar más lindas. Toqué la guitarra, vi pelis, series, leí libros, hice ejercicio y las aves siguen cantando, cada vez con más intensidad, como si se burlaran. Por la noche los murciélagos comentan las anécdotas que presencian. ¿Se los escucha susurrar en la noche, o será que me estoy volviendo loco por fin? Pero, ¿qué es la locura?, sino una realidad no compartida. ¿No es eso acaso la imaginación? Estoy sólo, rodeado de gente que me habla, rodeado de animales y plantas, rodeado de mis bacterias que me defienden, rodeado de aire que me oxigena, de luz que me alimenta.

Trato de no pensar, de ignorar. Trato de aislarme: y noto algo curioso: a más sólo estoy, más voces escucho. Un nuevo mundo se reabre. Vuelvo a ser un niño. Vuelvo a ser un anciano. Y pienso, imagino, siento, escucho, percibo. Las aves hablan, los murciélagos murmuran, las plantas sienten, algo grande se avecina.

Patricio Parra Martínez (22/Mar/2020)

Clases de Teatro y Actuación

La Calesita de Galeano

Covida 2020: Historias detrás de la pandemia

Serie 1 de cuentos: Plaza Balcarce

LA CALESITA DE GALEANO

por Fernando Barletta 

 

Los niños lo saben; los padres no. El calesitero de la calesita de la plaza Balcarce lo sabe; los padres, no.

Los niños llegan sonrientes y van corriendo a saludar al señor de la calesita. Él los recibe con otra sonrisa y les da un beso y un caramelo a cada uno; conoce el nombre de cada chico. Ellos lo saben; los padres no. Mientras los niños esperan ansiosos, los padres saludan a don Galeano con gusto y hasta con alegría, pero nadie le da la mano y mucho menos un beso. Él ya lo sabe, y los niños también.

Al principio todo está en silencio; los niños son prolijamente ubicados sobre los juegos y se quedan quietos. Muy quietos. El calesitero observa y se sonríe; mira a los ojos a cada uno de los chicos y les guiña un ojo. La mayoría les responde con una mueca extraña aunque unos poquitos logran bajar una sola pestaña. Ellos también se miran entre sí y se sonríen. Los padres observan esta ceremonia con la intriga eterna por detectar esta misteriosa complicidad entre sus hijos y el calesitero. Pero los hijos y don Galeano lo saben. Los padres no.

La señal es desde esta semana ese agujero negro en la sonrisa de Melinita, se le cayó el diente hace dos días y todavía el ratón Pérez no le trajo nada. Cuando don Galeano mira la cara de Melina y ve ese agujero negro, es entonces que enciende la música aunque se demora un rato más en preparar la bocha con la sortija. Él lo sabe y los chicos también; los padres no. El señor de la calesita sabe que, en ese mismo instante en que empieza la música, los chicos comienzan a bajar la cabeza y abrazan los juegos: el caballo Ramiro, la vaca Colorada,  el auto Supersónico, la tortuga (obviamente) Manuelita…  Y los padres miran con la intriga de siempre por más que esta misma escena se repita cada vez. Pero los niños y el calesitero lo saben. Los padres, no. Tapada sus voces por el sonido de la música cada uno de los chicos comienza a hablar con su juego: Melina con Manuelita, Facundo con Ramiro, Violetita con Supersónico (a ella le gustan mucho los autos). Unos instantes después, cada niño apoya delicadamente la mano en una sector preciso del juego mientras el señor de la calesita los mira feliz. Los padres no lo saben, pero cuando los niños apoyan sus manos de esa manera es porque están sintiendo los latidos del corazón de cada juego. Los padres no lo saben pero la música sí, es por eso que ella solita empieza a sonar más fuerte como si alguien girara la perilla del volumen. Los chicos vuelven a abrazar a su juego y don Galeano prepara la sortija; él sabe que cada chico acaba de contarle un secreto al juego al que está subido. A veces, en vez de un secreto le cuentan un deseo. ¡O por ahí una travesura!

Siempre ha sido igual en la Calesita de Galeano: los niños cuentan sus secretos, deseos y travesuras a los juegos, y estos laten su corazón como respuesta. Los niños lo saben; los padres no. Los juegos conocen los secretos y deseos de cada uno de los chicos, y eso es como si les conocieran el corazón, como si supieran de sus gustos, placeres y temores. Saben que Vio­letita no quiere tener hermanitos, que quiere ser ella solita para poder usar siempre el monopatín. O que Irene quiere tener un perro y llamarlo Napoleón porque escuchó a su papá hablar bien de él y lo cree un sabio. Los juegos, conocen a los niños. Los padres…

Ahora hay cuarentena y los niños son obligados a estar en casa. La calesita está cerrada, cubiertos los juegos con una lona para protegerlos de la intemperie. Nada se escucha; todo está en silencio en la plaza. Pero tal vez, en las casas no haya silencio. Tal vez los padres estén retando o gritando a sus hijos por alguna travesura o capricho. Pero los niños extrañan la calesita, extrañan contar sus secretos a los juegos, extrañan ser escuchados, extrañan sentirse queridos cuando sienten los latidos del corazón del caballo Ramiro, de la tortuga Manuelita o del pez Coqueto. Los juegos conocen a los chicos, reconocen quién se les ha subido encima.

Los padres no lo saben; pero los niños y el señor de la calesita, sí.

Fernando Barletta (22/03/2020)

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